No ha pasado una tarde. Ha pasado un país por el cuerpo de Morante. Y al día siguiente no queda una crónica, ni siquiera un triunfo frustrado por la espada. Queda una conmoción. Queda ese zumbido que dejan las experiencias serias, las religiosas, las voluptuosas, las que se disfrutan mientras ocurren y luego se padecen como una resaca del espíritu. Morante reapareció en Sevilla el 5 de abril, después de 175 días de ausencia, cortando dos orejas en el Domingo de Resurrección. Y diez días más tarde, el 16 de abril, volvió a sacudir la Maestranza con una lidia total al cuarto de Álvaro Núñez, “Colchonero”, entre banderillas desde una silla, petición clamorosa, dos vueltas al ruedo y una salida en hombros abortada por la Policía cuando la multitud quiso arrastrarlo hacia la Puerta del Príncipe.
Pero reducirlo a la secuencia de los hechos sería una grosería. Con Morante siempre lo es. Lo suyo no se cuenta. Lo suyo se recuerda. Y se recuerda porque no comparece en la plaza para sumar estadísticas, sino para desbaratarlas. Hay toreros cuya grandeza admite una contabilidad. Morante pertenece a otra especie. La suya no cabe en el balance de las orejas, ni en las puertas, ni en los partes facultativos del escalafón. Su jurisdicción es la memoria. Su medida es el temblor. Y por eso la tarde del jueves persiste más que muchas salidas triunfales reglamentarias. El reglamento administra la corrida. Morante administra otra cosa. Administra la excepción.
Ahí está el secreto de la reaparición, si es que cabe la palabra secreto en un fenómeno tan obscenamente visible. Morante ha vuelto a provocar aquello que yo llamé en el libro el síndrome de Morante. No la enfermedad que lo persiguió a él, sino la que nos contagia a nosotros. La pérdida del aplomo. El extravío del gusto. La sensación de que el toreo, cuando pasa por sus manos, deja de ser una costumbre heredada y se convierte en un acontecimiento moral, estético y hasta nervioso. Uno sale de verlo con el alma desajustada, como si hubiera asistido no a una corrida, sino a una revelación que no termina de explicarse.
Y la explicación importa menos que la evidencia. Morante ha logrado algo que parecía imposible en un arte acosado por la pedagogía, por la consigna y por la vulgaridad del tiempo. Ha devuelto a la tauromaquia una condición de vanguardia sin amputarle la raíz. Ha demostrado que lo más antiguo puede ser también lo más insolente. Nadie encarna mejor esa paradoja. Es patrimonio y dinamita. Es canon y herejía. Es la escuela sevillana atravesada por una fiebre de invención que convierte cada tarde en una tentativa. No comparece a ejecutar el toreo. Comparece a reabrirlo.
Por eso fascinó tanto la escena final del jueves. Los chavales querían sacarlo por la Puerta del Príncipe sin orejas, como quien corrige una insuficiencia del palco con una enmienda popular. Y aunque la Policía lo impidió, aquella rebelión sentimental valió más que muchas ceremonias oficiales. No se trataba de un exceso adolescente, ni de una estampida folclórica. Se trataba de una intuición. La intuición de que la verdad artística había desbordado la verdad reglamentaria. De que el acta se quedaba pequeña. De que la autoridad había preservado la puerta material, sí, pero la ciudad ya había abierto otra mucho más ancha y mucho más peligrosa.
Morante ha conectado con los jóvenes porque no los adula. Ni los imita. Ni se disfraza para ellos. Hace exactamente lo contrario. Les ofrece rareza verdadera. Les ofrece misterio. Les ofrece el lujo contemporáneo de la autenticidad. En un ecosistema saturado de impostores profesionales, de gente que se promociona hasta cuando bosteza, Morante mantiene la extravagancia de lo que no puede fabricarse. De ahí la idolatría. De ahí que la chavalería lo reconozca como se reconoce a los músicos de culto o a los futbolistas que juegan contra el algoritmo. No lo siguen sólo por cómo torea. Lo siguen por cómo existe.
Y existe al borde. Ahí radica también el magnetismo de esta temporada. La confesión de su enfermedad mental, lejos de empequeñecerlo, lo agrandó. Porque introdujo en el relato algo que el toreo finge ignorar desde hace siglos. La fragilidad. La herida. La posibilidad de que el valor no consista en ocultar el abismo, sino en torear encima. Desde entonces Morante ya no emociona sólo por lo que inventa con el capote o con la izquierda. Emociona por la conciencia de que cada faena parece levantada sobre un combate interior. Y cuando esa batalla íntima se transforma en belleza pública, la plaza entera se siente concernida. No contempla una obra. Participa en una victoria.
Eso explica la conmoción de estos días. Morante no ha regresado únicamente a los ruedos. Ha regresado a nuestras conversaciones, a nuestra manera de discutir el toreo, a la necesidad misma de escribir sobre él como quien escribe sobre un fenómeno de la naturaleza o sobre una anomalía histórica. Pensábamos que 2025 había fijado su cumbre. Pensábamos que la Puerta Grande de Madrid, Pamplona, la irradiación social del morantismo, habían clausurado el prodigio en una estampa perfecta. Y aparece 2026 para demostrar que con Morante nunca hay recapitulación. Siempre hay un pliegue más, una vuelta de tuerca, una nueva desobediencia estética.
Al día siguiente de Sevilla no conviene hablar de las orejas perdidas. Conviene hablar del cuerpo social que dejó detrás. De la afición trastornada. De la juventud fanatizada. De la Maestranza convertida por unas horas en un manicomio exquisito. Morante sigue provocando lo más raro que puede provocar un artista verdadero. No admiración. Eso sería poco. Provoca dependencia. Y viceversa.






