En su más reciente Consejo Nacional Ordinario, el partido Morena intentó proyectar una imagen de unidad y normalidad retórica, marcada por condenas genéricas a la corrupción. Sin embargo, según la columna Astillero de Julio Hernández López, esta fachada busca maquillar las evidentes pugnas facciosas y los signos de corrupción dentro de sus élites.
El autor señala a Adán Augusto López Hernández, actual coordinador del Senado y exsecretario de Gobernación, como el principal punto de fricción. López Hernández es cuestionado por haber nombrado a un secretario de Seguridad en Tabasco que, este año, fue judicialmente señalado como presunto líder de un grupo criminal en la entidad. A pesar de su «turbio expediente» y la «grave e ineludible responsabilidad política» en el caso de Hernán Bermúdez, los dirigentes morenistas optaron por un «manto de protección», incumpliendo el reto de congruencia del partido.
Hernández López interpreta esta solidaridad como un posible «bono de retiro», pero subraya que la cúpula prefiere el discurso de unidad e intenta silenciar las críticas y la ebullición interna generadas por casos como el de López Hernández y otros personajes, como Ricardo Monreal, quien estuvo ausente en el consejo.
Finalmente, el columnista destaca el discurso del gobernador de Sonora y presidente del consejo nacional, Alfonso Durazo Montaño, quien atribuyó las tensiones internas a «iniciativas y reacciones de nuestros propios cuadros» y advirtió sobre «voces malintencionadas» que buscan aprovechar cualquier «rendija» para generar crisis, exhortando a la militancia a pensar en las consecuencias de sus conflictos internos.






