La relación bilateral entre Estados Unidos y Canadá ha entrado en una fase de hostilidad sin precedentes tras la advertencia del presidente Donald Trump de aplicar aranceles del 100% a todas las importaciones provenientes de su vecino del norte. Este ultimátum responde al anuncio del primer ministro canadiense, Mark Carney, sobre una «asociación estratégica» y un pacto comercial preliminar con China. Trump aseguró que no permitirá que Canadá se convierta en un puerto de entrada para que productos chinos evadan las restricciones estadounidenses, endureciendo su política de protección de mercados nacionales.
El conflicto escaló tras el Foro Económico Mundial en Davos, donde ambos mandatarios intercambiaron duras críticas. Carney denunció la ruptura del orden global liderado por Estados Unidos y el uso de la economía como herramienta de coerción, mientras que Trump respondió retirando la invitación al canadiense para integrarse a su Consejo de la Paz y afirmando que Canadá existe solo gracias a su país. El primer ministro replicó en cadena nacional defendiendo la soberanía de su nación y aclarando que la prosperidad canadiense es fruto de su propio esfuerzo y no de una dependencia externa.
Esta crisis ocurre en un contexto donde Trump ha sugerido incluso la anexión de Canadá como el estado número 51 y mantiene su interés sobre Groenlandia. A pesar de la histórica cooperación militar y de compartir la frontera más larga del mundo, la divergencia comercial es crítica, pues Canadá envía el 75% de sus exportaciones a Estados Unidos. Sin embargo, Carney parece decidido a diversificar sus alianzas para evitar la subordinación, lo que ha generado una de las mayores fracturas diplomáticas en la historia reciente de América del Norte.






