Máquina de escribir.
Por: Orestes Gomez Rodríguez.
Mi primer encuentro fue mas bien una sorpresa muy impresionante, de la mano de mi abuelo allá a finales de los 60, cuando me condujo al mercado Juárez por entre una rampa en cuyo descanso encontré a una señora en un escritorio pequeño sentada al frente de un armatoste y al lado una persona dictándole un oficio, el aparato que después supe era de la marca Olivetti Lettera 32 tenia de un extraño color verde.
Maravillado observe como la maquina heria con tinta el blanco papel atraves de los linotipos enmarcado en un sonido tac tac interminable solamente cuando se activaba el espaciador para cambiar de renglón, que era ajustable mecánicamente atraves de una palanca. El sacrificio del papel valía la pena para el lector destinatario, después pensaría.
Tiempo después mi padre me llevaba a su trabajo en Moto Islo los sábados ya que se laboraba medio día y sabia que al terminar la jornada me llevaría a comprar carnitas al Mario’s para la casa y completar el festín.
Ahí entre los escritorios prefería el de Chuy “la bota” ya que me dejaba escribir a maquina y me enseño algunos trucos para memorizar la posición de las letras, pero al tiempo me retiraba ya que la ocuparía para elaborar un acta de investigación, oficio en el que era experto bajo la supervisión exigente del Sr. Gomez mi padre.
Luzma mi hermana acudía al taller de mecanografía de la profesora Panchita o de Paulino Solano en la Viesca, por lo que mama determino que para que pudiera practicar en casa compraría una maquina portátil, siendo esta la Brother modelo charger 11 con estuche color hueso misma que le compro a Gonzalo, el señor que traía artículos americanos allá por la bellavista.
La pequeña maquina fue compañera de Luzma en sus tareas de taller por las tardes llegando incluso a dibujar figuras o siluetas de varios personajes, en un ejercicio de perfección exigida por sus profesores.
Tiempo después me la fui apropiando para escribir resúmenes de las fichas de las materias de Leyes los 5 años completos de la carrera, cada ocasión entre los meses de marzo a junio de cada uno de estos, por la temporada de exámenes orales en esas fechas.
Luego la maquina descanso un tiempo hasta que en 1987 me acompaño en la redacción de mis primeros artículos para Zócalo de Piedras Negras y me siguió hasta que se la robaron unos malandrines a la casa de Tulipanes en Saltillo por allá de 1996, triste destino me imagino que debe haber terminado por algún mercado de pulgas de la Guayu, ya que las casas de empeño no habían aparecido aun, de cualquier manera, la búsqueda fue infructuosa.
Con motivo de mi incursión en los recursos humanos en diversas compañias, oficio que me ha durado 40 años, en ocasiones se hacia necesario el levantamiento de actas de investigación laboral y en mi primer trabajo en Rassini piedras negras, tuve la fortuna de contar con un asistente de lujo en la persona de Mundo Pérez Guzmán mejor conocido como Perguz o la cachita, quien en sus años mozos había sido reportero deportivo del Zócalo y en 1987 ya con las canas y las carnes encima seguía con energía a sus 64 años laborando aun en la oficina.
El relato viene a colación ya que la maquina en la que escribía Mundito era una Remington quiet Ritter americana, por lo que al terminar el acta que iba en original y tres copias, se daba a la tarea de escribir con pluma las eñes y los acentos, por carecer la máquina de esos dos tipos, acción que provocaba la risa del representante sindical y hasta del trabajador investigado.
Luego llegaron los tiempos de las computadoras que fueron eliminando el uso de las máquinas y también del oficio de escribano o como decía mi madre de los evangelistas que
en plazas y mercados por unos pesos brindaban apoyo en la elaboración de cartas, recibos, oficios y hasta contratos.
Pero en mi mente sigue escuchándose ese tic tac interminable cada vez que redacto un artículo, ese sonido de la maquina brother sencilla pero poderosa.
Tanto que hice del oficio del periodismo mi segunda ocupación y forma de vida, pero hoy toca el recuerdo a esa antigua máquina de escribir, de las manos de Chita mi madre, de Luzma mi hermana y de quienes hicieron de la escritura su devoción, misma que reconozco y admiro y evocar con el poema de Paco Umbral: “Pequeña metralleta entre mis manos/máquina de matar con adjetivos, /máquina de escribir, arma del tiempo. En todas las mañanas de mi vida, /el tableteo audaz de mi Olivetti, /ese ferrocarril de ortografía/en que viajo muy lejos de mí mismo/o retorno a los campos de la prosa/para reñir batallas en mi lengua/con todos los que mienten, los que gritan, /con los que escriben en feroz tanqueta/para no decir nada y meter miedo.”






