Nostalgia por el santo Cristo.
Por: Orestes Gomez Rodríguez
“No me mueve mi dios para quererte, el cielo que me tienes prometido…” El reverso de la estampa del santo Cristo de la capilla de Saltillo contenía la versión completa del antiguo soneto anónimo del siglo XVI, cuya lectura me dio acceso al recuerdo fresco y amable de los veranos de mi infancia refugiado en la tienda y casa de mis abuelos don Jesús y doña Lupe enclavada en la esquina de Bravo y Aldama de mi natal tierra.
La paciencia de mi abuela sabia que a eso de las 5 con 15 de la madrugada me conducía de la mano por la empinada calle de Bravo para llegar presurosos al novenario al que puntualmente acudía año tras año desde que sabe cuánto tiempo.
Ataviada con su chalina negra como era la costumbre de las señoras grandes y su inseparable rosario escuchaba el sermón de monseñor Siller o aquel lenguaje extraño del padre Carlitos con el santo cristo tendido en el medio del templo presto a la adoración y al besuqueo constante.
El retorno a la casa era de bajadita y mas peligroso para mi abuela, pero yo me la pasaba deslizándome por las baldosas de mosaico que tapizaban la antigua calle donde Agustín Jaime bajaba a caballo.
Don Jesús despachando en la tienda al lado de ese segundo tomo de mi padre que era mi tío Chuy María o el “nene Batan” como era conocido, quien en las noches estudiaba para convertirse en un ingeniero civil reconocido.
El desayuno era suculento lleno de tortillas de harina recién hechas, huevo con chorizo comprado a don Jesús Lozano allá por la plaza de la madre, frijoles de la olla, vaso de leche y un molcajete de salsa martajada y “quien te pego, yo me caí solito”.
La fiesta grande del 6 de agosto a cuya víspera recibía mi abuela a sus parientes las Elenitas Ramos y a las de mi abuelo: la tía Basilisa y Lupe Gomez quienes viajaban de Monterrey a la adoración del Santo.
Mis miedos iniciaban a eso de las 9 de la mañana ya que era la hora en que me llevaban a ver a los matachines danzantes del ojo de agua en un excelente y bien articulado espectáculo al sonido del tambor de Pancho Gámez o la gallina y los giros armónicos de los ejecutantes en una mezcla de devoción y oficio. De repente y sin avisar el viejo de la danza te sorprendía con su muñeco de sololoy (celuloide) y trataba de meterte a la boca el asqueroso juguete desvencijado con los cabellos parados y sin brazos, yo nada más lo veía y patas para que son.
La plaza de armas se poblaba de vendedores de la feria que había terminado un día antes y se desplegaba en el lugar, en el que encontrabas lo mismo jarros de barro, juegos de canicas, tiro al blanco, carros mecánicos, algodón de azúcar, por un peso podrías ver a la mujer que se convirtió en araña o al hombre degollado, comprar cobijas de lana de Tlaxcala que enchiladas y gorditas de los barrios de la ciudad.
Adentro del templo moraba la devoción y el rezo, la suplica al santo más milagroso del mundo mundial a quien le pedían imposibles o le agradecían las gracias otorgadas en un ejerció inmemorial y que afortunadamente continua.
Dicen que la imagen escogió el lugar de su morada cuando don Santos Rojo la trajo del sur de la república y ahí tenía que ser su templo.
Cristo en su infinita misericordia se entregó, para lavar los pecados de la humanidad y hoy su pueblo de seres perfectibles lo adora a partir de su vivencia, del seguimiento de los mandamientos, de la proclividad para apoyar al prójimo, de vivir en paz, de actuar con honradez y siendo humildes de corazón.
Decía Borges que:” todo regalo es reciproco, dios de quien recibimos el mundo, recibe de sus hijos al mundo “y en esa dinámica los devotos del santo cristo estoy seguro que se esfuerzan por entregar las cuentas al creador saldadas o tal vez rebosadas, al saber de la escritura.
Hoy adoramos al dios vivo, al que habita en cada casa, en cada acción de bondad, en cada decisión para lograr el bien común y del que nos habla el Papa León el decimocuarto: “Dios no grita. Dios susurra. Y a veces susurra desde el barro, desde el dolor, desde una abuela que te alimenta sin tener nada. No vengo a ofrecerles una fe perfecta. Vengo a decirles que la fe es un caminar con piedras, charcos y abrazos inesperados. No les pido que crean en todo. Les pido que no se cierren la puerta dale una oportunidad a Dios que te espera sin juzgarte. Solo soy un sacerdote que vio a Dios en la sonrisa de una mujer que perdió a su hijo… y aun así cocinó para otros. Eso me cambió. Así que, si estás roto, si no crees, si estás cansado de las mentiras… ven de todos modos, con tu ira, tu duda, tu mochila sucia. Aquí nadie te pedirá una tarjeta VIP.
Porque esta Iglesia, mientras yo viva, será un hogar para los sin techo y un descanso para los cansados. Dios no necesita soldados. Necesita hermanos. Y tú, sí, tú… eres uno de ellos.”. Viva pues el señor Santo Cristo de la Capilla de la catedral de Santiago.






