Me gustan mucho los hoteles, pero convengamos que las habitaciones, aun cuando anónimas, nunca son del todo neutrales. Se presentan como un paréntesis de confort, pero en realidad se convierten en escenarios donde se multiplica el disparate y la experimentación. Basta empujar la puerta para que empiece la función: el huésped no entra, se introduce en una representación involuntaria de Valle-Inclán. La tarjeta magnética decide si lo reconoce o no lo reconoce, como si el viajero no tuviera derecho legítimo a alojarse en la misma habitación que acaba de pagar. Y cuando por fin se abre la cerradura, uno no sabe si ha entrado en un refugio o en una celda de experimentos.La coreografía continúa con la luz, ese enigma insalvable. Nadie domina los interruptores, nadie sabe cómo conjugar la lámpara de la mesilla con el foco del baño, nadie entiende por qué la penumbra es un estado permanente, incluso cuando la habitación está iluminada. Se trata de un juego cruel que somete al viajero a un trance nocturno de botones y palancas, condenado a elegir entre dormir a oscuras o dormir bajo un sol de tungsteno.El minibar es el verdadero antagonista de la trama. No hay nada más desolador que la mirada de una botella de agua con precio de champán, o esa chocolatina que cuesta lo mismo que una cena ligera. El viajero se siente vigilado. Sabe que cada movimiento quedará registrado en la cuenta final. De ahí que abra y cierre la puerta del frigorífico con la indecisión de un delincuente primerizo, como si fuera un ladrón a punto de dejar huellas.
No hay ducha que funcione a la primera. El agua quema o congela, sin términos medios, y obliga a danzas grotescas de saltos y giros. El viajero se mira en el espejo empañado y no se reconoce. Ve un personaje ridículo, atrapado entre la caldera y el iceberg, como si el aseo matinal hubiera sido coreografiado por Pina Bausch en un ataque de sadismo.
La bata, que debería conferir elegancia, confirma la degradación. Nadie parece un aristócrata en el albornoz de prestado. Ni siquiera los aristócratas. Se parece más a un uniforme de hospital, y las zapatillas desechables completan el atuendo de un paciente en tránsito. En ese espejo, el huésped ya no es viajero, ni cliente, ni persona: es un personaje desposeído de identidad, alguien que simula lujo mientras roza el esperpento.El ruido de la habitación contigua convierte el hotel en un teatro involuntario. Se escuchan ronquidos y jadeos, discusiones que no se entienden pero se intuyen feroces, carcajadas, llantos infantiles, gemidos tan falsamente operísticos que uno sospecha que los intérpretes ensayan para sí mismos. El huésped escucha todo sin quererlo, atrapado en una banda sonora ajena que sustituye a la intimidad.Y todavía queda el desayuno, que se ofrece como promesa de reconciliación pero se revela como la caricatura final. Ejecutivos trajeados llenan sus bolsillos de bollería, turistas convierten el plato en una montaña de panceta, niños juegan a la ruleta rusa con los dispensadores de zumo. Todo huele a provisionalidad, a urgencia, a ansiedad. No es un desayuno, es un saqueo ritualizado bajo la apariencia de bufé.La habitación de hotel encierra en sí misma el retrato deformado del viajero. Lo obliga a convivir con su torpeza, con sus manías, con sus gestos ridículos. Le recuerda que no hay intimidad más grotesca que la de ese cuarto alquilado, donde la modernidad se vuelve incomprensible y el confort se transforma en sátira. Y en ese espejo, entre bata y zapatillas, el huésped termina reconciliado con la idea de que viajar no es descubrir paisajes, sino reconocerse en el ridículo.






