Procedo a apiadarme de Karla Sofía Gascón. O a lo que va quedando de ella, víctima de la artillería reaccionaria, del combustible progre, de la iracundia mexicana y del proceso de inmolación a la que ella misma se ha sometido con la insólita proliferación de entrevistas autodestructivas.No hace otra cosa que perjudicarse cada vez que habla la protagonista de “Emilia Pérez”, aunque el motivo del escarnio planetario proviene de cuanto ha escrito. Un batiburrillo xenófobo, racista y supremacista cuyo escarmiento reanima los motores de la cultura de la cancelación.Y creíamos que se habían gripado -los motores, digo-, pero el boicot de Netflix a Karla Sofía Gascón y la hipocresía de la casta hollywoodense se añade a la frustración que sobrentiende la ceremonia de los Oscars. Ya veremos si la actriz de Alcobendas se atreve a acudir, pero cuesta mucho trabajo creer que se le vaya a conceder la estatuilla.
Y no terminan de entenderse las razones. Las opiniones bochornosas de Karla Sofía no deberían confundirse con los méritos artísticos. No existe la categoría del Oscar a la mejor persona ni al transexual filantrópico.Y no tiene sentido que mutar de hombre a mujer o hacer bandera de a transexualidad implique necesariamente un carácter tolerante o una bondad franciscana. Karla Sofía puede ser tan estúpida, retrógrada e ignorante como cualquier mujer estúpida, retrógrada e ignorante. La sensibilidad hacia la causa propia no garantiza la empatía con las otras causas.La única duda que cabe plantearse radica en aclarar si Karla Sofía ha llegado al umbral de los Oscars precisamente por la diferencia, por su condición de trans. En caso afirmativo, nada tiene de sorprendente que Hollywood la mande a la hoguera en nombre de la demagogia justiciera.